Esa maldita costumbre —de correr hacia los brazos de Morfeo mientras las lágrimas se precipitan al vacío como una catarata sinfín— evocaba Rebeca, en la soledad de su habitación, esa noche. Inciertas las circunstancias, inciertos los motivos. Tal cual una nube de desesperación moviéndose a extensas de su mente, atosigando su regocijo, su sosiego y reparo onírico.
A eso se le sumaban las apariciones. Fantasmas perdidos que deambulaban por el subconsciente, atormentando con el mero hecho de su existencia, regresaban a ella. Y Rebeca, ésta vez más débil, sucumbió, entre sollozos, y pronunció sus súplicas. Pero ellos no escucharon.
Se rieron, y una vez mofados del todo, volvieron a reír, perpetuando esa imagen en la retina de sus ojos; esas voces convertidas en ecos eternos.
Rebeca ahogó un suspiro. El rostro derruido, aún húmedo, ladeó hacia una lado, evitando la mirada de sus demonios.
Estaba allí, donde todo había empezado. Una calle desierta, bañada por la luz nocturna de la gran esfera grisácea. Su tímida silueta moviéndose lenta e indiferente, y los vástagos deformes a su alrededor y a la vez en ningún lado. Porque no los veía, ni los escuchaba o sentía. Pero estaba ahí. Lo sabía. Estaba segura, y nadie pondría en duda eso.
Se detuvo en seco, de repente, y miró al vacío.
Éste último le devolvió la mirada. Ella se petrificó.
Las sombras se movieron rápidas, y la consumieron de una vez. Su tez morena se confundió en lo oscuro, y pronto siquiera supo ella misma si estaba o no ahí. Y si importaba estar. Y si no era ese vacío astral a dónde pertenecía realmente. Y si …
El despertador. Una tenue alarma que la regresó a la realidad. O a la que ella y sus homólogos definían como la verdadera.
Estaba amordazada, inmóvil, atada con mil cadenas invisibles. Su rostro empapado y su cabellera revuelta a lo largo y ancho de la cama en la cual reposaba de costado. Las sábanas revueltas, algunas sobre ella, otras debajo y algunas por el suelo. Las blancas paredes no respondían a su color. Daban impresión de soledad, no de calma. El desorden en el suelo alcanzaba sus rodillas, pero en su shock ella siquiera lo notó. Apenas levantó la cabeza y contempló el ventanal que daba al balcón; día soleado, árboles verdes al rayo del sol y calles recién asfaltadas. Una ciudad de veredas rojo claro.
Rebeca necesitó su tiempo. Pero no, no para arreglarse como cualquier otra adolescente en frente del espejo. Sino para dar el primer paso, acercarse hacia el ventanal y cruzarlo.
Ah, sí, la brisa golpeándole el pecho y helándole la espalda. Justo lo que necesitaba. Un estímulo que la sacó de sus meditaciones, y le hizo fijar un nuevo objeto en la mente, en el reflejo de las pupilas. Ella. Su ropa. Aún tenía el vestido azabache, ese mismo que lució durante la velada pasada.
Rebeca suspiró, finalmente. Después del llanto, las pesadillas, el amargo despertar, debía ahogar sus dificultades, sus miedos, y enfrentarse a todo. O intentarlo.
Mientras olía cómo se cocinaba el desayuno en el piso bajo, regresó adentro y contempló su nota en la pared. Un simple papel blanco escrito con bolígrafo. Al leerlo, cayó en otra nube de frustración. Volvió a dormir.
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