Atrás de la casa del ausente vecino, cruzando el jardín hasta alcanzar la cerca y augurando tener un machete para apartar la mala hierba, uno puedo plantearse la idea de alcanzar el tímido hogar de Rebeca. Allá, tras los árboles y la maleza, oculto celosamente de la sociedad para hacer honra a su condición de ermitaña melancólica, está siempre. Quizás colgando la ropa recién lavada, o cosechando los frutos de su kilométrica huerta.
Difícil, sin embargo, es encontrarla disponible. Escapa de las pesadillas tan pronto el sol amaga a presentarse, y antes de que éste se oculte regresa al cabaret del reino onírico. Otrora—mas demasiado tiempo atrás—, recordaba aún, pero con cierta demora y dificultad creciente, sus días de sosiego, agonía y éxtasis dentro de la gran babilonia. Memorias que se esfumaban a medida que se internaba más y más en la cueva de la soledad, una que no debe confundirse con la del planteo filosófico de la cueva de la ignorancia, puesto que en su extrema lucidez mental, la cumbre de su razonamiento, fue cuando decidió regresar a los montes de Sión. Cual flor en los inviernos, fue consumida por el paso de los días, hasta marchitarse y perder el brillo de sus ojos, la rigidez de sus músculos y la sonrisa que creía jamás podría olvidar su semblante. Pero sucedió. Porque nada es imposible y con el tiempo todo puede hacerse realidad.
Ahora que las nubes la privan de la luz emanante de la gran esfera roja, Rebeca se sumerge dentro de las sábanas que tejió en su juventud. Los gritos insaciables de la civilización hacen eco en las paredes, retumbando en sus oídos. Lejana, la ciudad se inunda de hombres sin gracia y mujeres de perfumes baratos. Cae la noche, junto con la lluvia. La humedad reina sobre la madera y las ancestrales maderas que dan forma a la cúbica cabaña de Rebeca se llenan de humedad. Desde la ventana de su habitación, que da vista hacia las plantaciones y es el único accesorio además de su precaria cama en aquel lugar; cruzando el mugriento living comedor y terminando en el porche, comienzan a parasitar los musgos. Líquenes visualmente repugnantes que a alguien como Rebeca poca importancia le dan, puesto que también cambió las preocupaciones por la idea de aceptar todo como toca. Sea para bien o sea para mal.
Lástima el desenlace: Rebeca pierde la conciencia durante más tiempo del estimado, despierta a orillas de su cama, tumbada, y mira el techo. Musgo. La casa sellada desde el piso hasta el techo. La ventana trasera y la puerta delantera arruinadas. Como si un derrumbe la sepultara sin razón lógica o explicación para la existencia del fenómeno en sí. Un final amargo, otro más en esta rutina de supervivencia a la que llamamos vida.
Difícil, sin embargo, es encontrarla disponible. Escapa de las pesadillas tan pronto el sol amaga a presentarse, y antes de que éste se oculte regresa al cabaret del reino onírico. Otrora—mas demasiado tiempo atrás—, recordaba aún, pero con cierta demora y dificultad creciente, sus días de sosiego, agonía y éxtasis dentro de la gran babilonia. Memorias que se esfumaban a medida que se internaba más y más en la cueva de la soledad, una que no debe confundirse con la del planteo filosófico de la cueva de la ignorancia, puesto que en su extrema lucidez mental, la cumbre de su razonamiento, fue cuando decidió regresar a los montes de Sión. Cual flor en los inviernos, fue consumida por el paso de los días, hasta marchitarse y perder el brillo de sus ojos, la rigidez de sus músculos y la sonrisa que creía jamás podría olvidar su semblante. Pero sucedió. Porque nada es imposible y con el tiempo todo puede hacerse realidad.
Ahora que las nubes la privan de la luz emanante de la gran esfera roja, Rebeca se sumerge dentro de las sábanas que tejió en su juventud. Los gritos insaciables de la civilización hacen eco en las paredes, retumbando en sus oídos. Lejana, la ciudad se inunda de hombres sin gracia y mujeres de perfumes baratos. Cae la noche, junto con la lluvia. La humedad reina sobre la madera y las ancestrales maderas que dan forma a la cúbica cabaña de Rebeca se llenan de humedad. Desde la ventana de su habitación, que da vista hacia las plantaciones y es el único accesorio además de su precaria cama en aquel lugar; cruzando el mugriento living comedor y terminando en el porche, comienzan a parasitar los musgos. Líquenes visualmente repugnantes que a alguien como Rebeca poca importancia le dan, puesto que también cambió las preocupaciones por la idea de aceptar todo como toca. Sea para bien o sea para mal.
Lástima el desenlace: Rebeca pierde la conciencia durante más tiempo del estimado, despierta a orillas de su cama, tumbada, y mira el techo. Musgo. La casa sellada desde el piso hasta el techo. La ventana trasera y la puerta delantera arruinadas. Como si un derrumbe la sepultara sin razón lógica o explicación para la existencia del fenómeno en sí. Un final amargo, otro más en esta rutina de supervivencia a la que llamamos vida.
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