viernes, 26 de noviembre de 2010

¿A dónde y cuándo?

Actualmente, estoy confundido. No sé a dónde dirigirme, si lo que hago está bien y si puedo tener lo que quiero. Además, siendo lo que quiero la felicidad de los demás, me pregunto cómo puedo hacerles peor. Manteniéndome en agonía o caer de una vez. Eso sin teniendo en cuenta que, en algún momento, la inestabilidad se vuelva estable y pueda salir adelante. Aunque supongo que medianamente voy a hacerlo en algún momento, tras algún golpe que me dé la realidad.
Hoy pienso despedirme momentáneamente de la agorafobia. Salir a distraerme. Dejar las preocupaciones, estipulaciones, hipótesis y demás estupideces de lado. Tal vez en algún momento espontáneo, me de cuenta de qué camino tomar; aunque, sigo escéptico: una cosa es conocer el camino, otra muy diferente es transitar sobre él.
Así que, sencillamente, no sé qué hacer. Ni con esta nota, siquiera, porque ya estoy escribiendo por el hecho de rellenar. Supongo que continuar esperando un tiempo es lo indicado, y si las cosas no mejoran, levantarme y hacer lo que deba.

Rebeca, su desenlace.

Atrás de la casa del ausente vecino, cruzando el jardín hasta alcanzar la cerca y augurando tener un machete para apartar la mala hierba, uno puedo plantearse la idea de alcanzar el tímido hogar de Rebeca. Allá, tras los árboles y la maleza, oculto celosamente de la sociedad para hacer honra a su condición de ermitaña melancólica, está siempre. Quizás colgando la ropa recién lavada, o cosechando los frutos de su kilométrica huerta.

Difícil, sin embargo, es encontrarla disponible. Escapa de las pesadillas tan pronto el sol amaga a presentarse, y antes de que éste se oculte regresa al cabaret del reino onírico. Otrora—mas demasiado tiempo atrás—, recordaba aún, pero con cierta demora y dificultad creciente, sus días de sosiego, agonía y éxtasis dentro de la gran babilonia. Memorias que se esfumaban a medida que se internaba más y más en la cueva de la soledad, una que no debe confundirse con la del planteo filosófico de la cueva de la ignorancia, puesto que en su extrema lucidez mental, la cumbre de su razonamiento, fue cuando decidió regresar a los montes de Sión. Cual flor en los inviernos, fue consumida por el paso de los días, hasta marchitarse y perder el brillo de sus ojos, la rigidez de sus músculos y la sonrisa que creía jamás podría olvidar su semblante. Pero sucedió. Porque nada es imposible y con el tiempo todo puede hacerse realidad.

Ahora que las nubes la privan de la luz emanante de la gran esfera roja, Rebeca se sumerge dentro de las sábanas que tejió en su juventud. Los gritos insaciables de la civilización hacen eco en las paredes, retumbando en sus oídos. Lejana, la ciudad se inunda de hombres sin gracia y mujeres de perfumes baratos. Cae la noche, junto con la lluvia. La humedad reina sobre la madera y las ancestrales maderas que dan forma a la cúbica cabaña de Rebeca se llenan de humedad. Desde la ventana de su habitación, que da vista hacia las plantaciones y es el único accesorio además de su precaria cama en aquel lugar; cruzando el mugriento living comedor y terminando en el porche, comienzan a parasitar los musgos. Líquenes visualmente repugnantes que a alguien como Rebeca poca importancia le dan, puesto que también cambió las preocupaciones por la idea de aceptar todo como toca. Sea para bien o sea para mal.

Lástima el desenlace: Rebeca pierde la conciencia durante más tiempo del estimado, despierta a orillas de su cama, tumbada, y mira el techo. Musgo. La casa sellada desde el piso hasta el techo. La ventana trasera y la puerta delantera arruinadas. Como si un derrumbe la sepultara sin razón lógica o explicación para la existencia del fenómeno en sí. Un final amargo, otro más en esta rutina de supervivencia a la que llamamos vida.

viernes, 12 de noviembre de 2010

I finally found you, my missing puzzle piece. I'm complete.

En general, cada día que paso me siento más preocupado. No por mí, porque siempre mi bienestar fue secundario ante el bienestar de quienes quiero; justamente por ellos me preocupo. Media familia que sufre por verme mal (aunque yo esté acostumbrado), junto a un gran puñado de amigos que tengo la suerte de tener acopañándome y haciendo un esfuerzo que nunca creí que harían por mí. A ellos les agradezco, aunque procuro que no se preocupen más de lo debido. Los quiero felices, no tristes, y menos si la causa de ese dolor soy yo con mi vida emo.

Los problemas que me agobian tienen raíz justamente en los demás. Ver sufrir a una persona que aprecio mucho me desveló, me hizo llorar, querer matar y matarme. Una rabia insaciable que me llevaba a patear las paredes, pasarme días con la cabeza bajo la almohada y perder el ánimo que me caracterizaba. Y con esto último, gran parte de mi capacidad para socializar. Me volví fóbico a la escuela, porque me siento paranoico con tanta gente y envidio ver cómo los demás pueden sonreír, contar bromas y ser espontáneos mientras que a mí no me sale más. Duele, de verdad. Es un cambio muy drástico en mí. Del éxtasis anímico a la agonía anímica.

Por eso terminé encerrado en casa, aún más que antes. Salir poco. Ir al psiquiatra. Medicamentos para la depresión, la angustia y la ansiedad. Perdí clases desde mediados de Agosto hasta la fecha, siendo que tenía un promedio de aprobado para todas las materias, pero ahora tengo que rendirlas todas y los medicamentos me agobian la capacidad de pensar. Apenas puedo leer libros, y mucho menos estudiar. Y eso, teniendo en cuenta que siempre fui vago pero cerebrito, es muy frustrante.

Perder el humor, la gracia que te caracteriza y volverte algo paranoico, envidioso de los que se ven más felices, entre otras cosas, no es recomendable en esta etapa. Yo ya me perdí mucho. Varias fiestas. Varias cosas con mis amigos. Es horrible.

Por suerte algunas personas siempre me ayudan a mantenerme adelante, y es por ellos que no abandono el camino. Principalmente una que me acaba de dar una de las alegrías más grandes; más de lo que creo merecer, más que cualquier cosa. Algo que me hace olvidar de cualquier problema, y me devuelve las fuerzas que creía perdidas para seguir adelante.

No creí que llegaría el día en que le dijera lo que le dije. Sin embargo llegó, y las palabras no me alcanzan para plasmar la felicidad que da haberlo hecho.

Ahora estoy más decidido que nunca a salir de este agujero. A vencer las fobias, los problemas familiares, la angustia, la rabia, la ansiedad que está volviendo a mi estómago loco y pseudobulímico. Por eso, a ella le agradezco. Por hacerme feliz y dejarme hacerla feliz. 

martes, 9 de noviembre de 2010

El ángel.


Pobre alma la mía. Carcomida suavemente por la amargura de estar atada indefinidamente a este plano y no a otro. Cuánta pena carga por el simple hecho de ser mía, de un ser tan apartado del sosiego. Pensar en esto me hace recordar a Pandora. Un día le dije que la amaba más que a nadie, y no mentí; mas también le dije que era esa misma pasión con la que la amaba, la causa de mi primer exilio de ella.
Luego me arrepentí. Me aferré a ella celosamente, como si fuera mi únca salvación. Y así sigo pensándolo. Si ha de haber un algo que detenga el deterioro de mi alma, esa debe ser Pandora. Mi Pandora.
Es por ella que me arriesgo tanto. Es por ella que intento superar cada límite y dejar por escrito que en mí la debilidad brilla por su ausencia. Que por amor he de ser fuerte, y que de mí los demonios deben apartarse, si saben lo que les conviene.
En ese momento me reí.
—Midorikawa, ¿desde cuando estás tan poético? —me pregunté con retórica, hablando solo como buen loco que soy.
La aldea estaba sumida en su silencio habitual, ese mismo que caracteriza a un sepelio. Los transeúntes ausentaban, la actividad era nula. Pude percibir ciertas siluetas moviéndose entre las sombras, acechándome como fantasmas descarriados. Centinelas. Nunca pregunté a Kaspic de dónde los sacaba, pero cierto era que esos payasos pintarrajeados con motivos tribales y frases ininteligibles hacían su trabajo a la perfección. Sembraban el miedo con sus susurros, y hasta a los murciélagos de las grutas habían apartado.
Suerte de contar con ellos. Anteriormente quienes se encargaban de ese trabajo eran simples aspirantes al rango más mísero, o quizá nadie.
Ellos formaban parte de la restructuración de la nueva Otogakure. La Otogakure de Kaspic. Esa que había lobotomizado a Bakura para convertirlo en un vasallo zombie, dejado a Kaspic con las riendas y formado un pequeño e informal concilio. Raizo, Kaspic y yo conformándolo en un principio, y luego sólo Kaspic y yo, debido a la desaparición del primero.
Una lástima lo de Raizo. Aunque tengo el augurio de que lo volveré a ver. ¿Curioso, no? Yo dejándome guiar por presentimientos vagos e ilógicos, carentes de fundamento alguno. Y cada día más extrovertido. ¿Efecto de Pandora, o tal vez la abstinencia de alucinógenos?
Me juego a lo primero. ¿Por qué? Porque los fantasmas desaparecieron, y esos fantasmas jamás vinieron por culpa de los alucinógenos, sino que fueron remplazados por formas más exóticas al tomarlos a éstos.
Sí, debe ser Pandora.
Aunque eso no importe ahora. Sólo indirectamente.
Porque sin ella no tendría ganas de seguir adelante, y no hubiera hecho eso.
No hubiera tragado la pastilla.
Ni hubiera activado el sello maldito, sabiendo qué ocurriría luego...
Debí esperar pacientemente, hasta que ocurriese.
Primero, las luces de los faroles se volvieron lejanas. Luego se desvanecieron, aunque yo seguía sintiéndolas rozar su calor contra mi piel. Era mi vista, el primer sentido que perdí. Me arrodillé, sucumbiendo ante el temprano dolor que recorrió mi ser. Rápidamente forcé mi estómago, intentando salvar un retazo de éste, y vomité en colores que no me apetecen describir.
El calor era mayor con cada segundo que transcurría. Oí las últimas voces de los sentinelas que, al parecer, ya sabían que yo les había descubierto, y presenciaban el acto por mera curiosidad.
Después perdí el sentido del oído. Seguido a éste, el tacto, y así hasta caer inconciente. Lo último que recuerdo fue el dolor de la marca en mi cuello, que emanaba chackra a cada rincón. Los motivos tribales dirigiéndose a todos lados y... finalmente... el grito que desqubrajó mi garganta y me dejó dormir.
No sé cuándo desperté. Sólo sé que todo parecía darme vueltas, y la idea de realizar la transformación en medio de las calles de Oto no me parecía tan buena idea como en su momento la creí, al estar guiado por impulsos.
Comencé a recobrar los sentidos. Hacía frío, más del que recordaba. El viento estaba helado. Pero yo me mantenía caluroso, como si una manta invisible me recubriera. Estaba en el suelo, de cara a la sucia tierra. Alcé la vista, encontrándome con ellos; los centinelas. Me miraban, curiosos, con esos iris diabólicos que los caracterizaban. Se colocaron las máscaras nuevamente, y se esfumaron.
Me levanté. Escupí tierra y algo más de vómito.
Sentí algo nuevo.
Mi espalda.
En la inmensidad de las tinieblas nocturnas, dos alas se extendieron tras de mí. Inmensas y oscuras. Me incorporé rápidamente; la adrenalina corría a través de mi organismo. El éxtasis era notorio. Me permití una sonrisa torcida, durante no más de dos segundos, y retorné a la clásica indiferencia sombre mis facciones.
El polvo se extendió una vez me alcé. Todo era claro: las alas habían deteriorado mi vestimenta y así sentía correr el viento, pero los motivos tribales que se extendían a lo largo y ancho de mi cuerpo ardían como el mismísimo infierno de Dante en su Divina Comedia.

Rebeca, su melancólica odisea.


Esa maldita costumbre —de correr hacia los brazos de Morfeo mientras las lágrimas se precipitan al vacío como una catarata sinfín— evocaba Rebeca, en la soledad de su habitación, esa noche. Inciertas las circunstancias, inciertos los motivos. Tal cual una nube de desesperación moviéndose a extensas de su mente, atosigando su regocijo, su sosiego y reparo onírico. 

A eso se le sumaban las apariciones. Fantasmas perdidos que deambulaban por el subconsciente, atormentando con el mero hecho de su existencia, regresaban a ella. Y Rebeca, ésta vez más débil, sucumbió, entre sollozos, y pronunció sus súplicas. Pero ellos no escucharon.

Se rieron, y una vez mofados del todo, volvieron a reír, perpetuando esa imagen en la retina de sus ojos; esas voces convertidas en ecos eternos. 

Rebeca ahogó un suspiro. El rostro derruido, aún húmedo, ladeó hacia una lado, evitando la mirada de sus demonios. 

Estaba allí, donde todo había empezado. Una calle desierta, bañada por la luz nocturna de la gran esfera grisácea. Su tímida silueta moviéndose lenta e indiferente, y los vástagos deformes a su alrededor y a la vez en ningún lado. Porque no los veía, ni los escuchaba o sentía. Pero estaba ahí. Lo sabía. Estaba segura, y nadie pondría en duda eso. 

Se detuvo en seco, de repente, y miró al vacío. 

Éste último le devolvió la mirada. Ella se petrificó. 

Las sombras se movieron rápidas, y la consumieron de una vez. Su tez morena se confundió en lo oscuro, y pronto siquiera supo ella misma si estaba o no ahí. Y si importaba estar. Y si no era ese vacío astral a dónde pertenecía realmente. Y si …

El despertador.   Una tenue alarma que la regresó a la realidad. O a la que ella y sus homólogos definían como la verdadera.

Estaba amordazada, inmóvil, atada con mil cadenas invisibles. Su rostro empapado y su cabellera revuelta a lo largo y ancho de la cama en la cual reposaba de costado. Las sábanas revueltas, algunas sobre ella, otras debajo y algunas por el suelo. Las blancas paredes no respondían a su color. Daban impresión de soledad, no de calma. El desorden en el suelo alcanzaba sus rodillas, pero en su shock ella siquiera lo notó. Apenas levantó la cabeza y contempló el ventanal que daba al balcón; día soleado, árboles verdes al rayo del sol y calles recién asfaltadas. Una ciudad de veredas rojo claro. 

Rebeca necesitó su tiempo. Pero no, no para arreglarse como cualquier otra adolescente en frente del espejo. Sino para dar el primer paso, acercarse hacia el ventanal y cruzarlo.

Ah, sí, la brisa golpeándole el pecho y helándole la espalda. Justo lo que necesitaba. Un estímulo que la sacó de sus meditaciones, y le hizo fijar un nuevo objeto en la mente, en el reflejo de las pupilas. Ella. Su ropa. Aún tenía el vestido azabache, ese mismo que lució durante la velada pasada. 

Rebeca suspiró, finalmente. Después del llanto, las pesadillas, el amargo despertar, debía ahogar sus dificultades, sus miedos, y enfrentarse a todo. O intentarlo.

Mientras olía cómo se cocinaba el desayuno en el piso bajo, regresó adentro y contempló su nota en la pared. Un simple papel blanco escrito con bolígrafo. Al leerlo, cayó en otra nube de frustración. Volvió a dormir.

La puta verdad.


El que quiera reírse, que se ría. El que quiera leer, que lea. Es simple, es claro.

Voy a hablar cómo se me cante, porque como dijo Fontanarrosa, las palabras no son malas. No le pegan una a la otra. No están mal. Son un medio de expresión y si alguien quiere usarlas, es por querer expresar eso y no otra cosa.

Sin más preámbulo, empiezo.

Tenemos varias esquinas que visitar en este generoso mundo atosigado por la enferma sociedad que conformamos, sin excluir a nadie.

En la primera esquina tenemos al señor Obama, que gasta millones de dólares al día en su patética guerra y le dan el nobel de la paz por decir que va a traer a sus soldados de regreso, siendo que más de la mitad todavía están allá, paranoicos, locos, psicóticos y consumidos por las cicatrices que deja una guerra. Porque el hecho de quitar una vida los degenera, y así, al volver a casa no son los mismos. No. Ni cerca. Jóvenes que fueron presionados para entrar al servicio militar y convertirse en marines ahora, con 20 años aproximadamente, tienen la vida prácticamente perdida. Y nadie hace una mierda para reincorporarlos a la sociedad.

En otra esquina están estos bellos y ocupados científicos. Unos dirán que no hacen nada malo, que investigan y llevan hacia adelante nuestra tecnología; así, generando vidas más cómodos, investigando los misterios del mundo. Jajá. ¿De qué mierda sirve gastar un millón de dólares o más en investigar si la estrella conchasumadre tiene más protones que el no sé qué? Y de conocimiento popular: ¿de qué nos sirve un acelerador de materia, resolver la puta pregunta que enferma la mente del ser humano? Sí, aquella "¿cómo se creó el universo?" y "¿existe dios?". Eso no sirve ahora. Estamos perdiéndonos como sociedad.

Hay gente muriendo. En Haití hay cólera, y todos se cruzan de brazos. No tienen agua potable, viviendas, educación, nada. Y nosotros pagándoles a profesionales profesores que, siguiendo el puto sistema de educación argentino, te hacen investigar cuándo se inventó el teléfono y cuántos botones tenés en tu casa. ¡Va como piña! (nótese el sarcasmo).

Encima cada día más hipócritas. Una presidente que apoya a los estudiantes cuando le hacen marchas en contra a Macri pero los saca a patadas si van a protestar a la casa rosada. Y nadie dice nada. Los medios están comprados, y preferimos mirar Bailando por un sueño que enterarnos de lo que en verdad pasa y hacer algo. Sí, es más práctico, más cómodo, más relajante. Y sirve; sirve para involucionar hasta el fondo y seguir escarbando con ganas. Y lo peor es que salta el notición de que hay un programa para el año que viene. Genial. Perfecto. Hermoso. Más puterío, más idiotez colectiva y, como resultado, más involución.
Y a pesar de todas las puteadas que puedo tirar, la verdad es que tengo que felicitar a los políticos de hoy en día. Qué buenas campañas se mandan. Creo que nunca entendieron lo de "dale a un hombre un pescado y comerá un día; enséñale a pescar y va a valerse por sí mismo". Claro que no; jamás lo entendieron, y no por ignorancia o tener un mensaje confuso, sino que lo hacen involuntariamente. ¿De qué les sirve ir a una villa a educar, enseñar oficios básicos, crear programas como los que tenía la juventud peronista en épocas del general? Para nada. Porque si lo hacen, dejan de ser un estado benefactor. Y a un partido no benefactor no lo votamos porque nos gusta lo cómodo. Porque somos unos pelotudos que preferimos el camino fácil, y no vemos qué consecuencias se vienen. Qué involución que va a terminar siendo todo esto.

Recién murió Néstor. ¿Qué dijo la presidenta? "Vamos a seguir con el modelo de él". ¿CUÁL PUTO MODELO? Creo que no tienen una mierda de modelo, y si lo tienen, los felicito. Son unos genios. Ídolos. Al ministro de educación abría que ponerlo a dar clases, que seguro tiene menos didáctica y práctica que mi abuela. Pura teoría son. Pura política. Tener poder, cobrar, y rajarse. Buena vida la de ellos.

No sé si seguir escribiendo. Entraría en terrenos sinuosos que prefiero reservarme. Esto fue una vista general de lo que pienso, aunque demasiado general. Sobre todo por omitir mucho la llamada de atención a la querida religión, que ahí tengo para darle manija un rato largo, con fuentes, ilustraciones, fechas, años, días, nombres, y toda la información que necesitan los de CSI para llevar un crimen al juzgado y ganar. Já.

Si les interesó, bien. Si piensan que estoy demasiado al pedo, sinceramente les digo que comparto su opinión. Estoy al pedo. Sí. Pero tengo ganas de expresarme, y que alguien venga a decirme por qué voy a estar mejor jugando a la play que opinando lo que pienso. En fin.