Pobre alma la mía. Carcomida suavemente por la amargura de estar atada indefinidamente a este plano y no a otro. Cuánta pena carga por el simple hecho de ser mía, de un ser tan apartado del sosiego. Pensar en esto me hace recordar a Pandora. Un día le dije que la amaba más que a nadie, y no mentí; mas también le dije que era esa misma pasión con la que la amaba, la causa de mi primer exilio de ella.
Luego me arrepentí. Me aferré a ella celosamente, como si fuera mi únca salvación. Y así sigo pensándolo. Si ha de haber un algo que detenga el deterioro de mi alma, esa debe ser Pandora. Mi Pandora.
Es por ella que me arriesgo tanto. Es por ella que intento superar cada límite y dejar por escrito que en mí la debilidad brilla por su ausencia. Que por amor he de ser fuerte, y que de mí los demonios deben apartarse, si saben lo que les conviene.
En ese momento me reí.
—Midorikawa, ¿desde cuando estás tan poético? —me pregunté con retórica, hablando solo como buen loco que soy.
La aldea estaba sumida en su silencio habitual, ese mismo que caracteriza a un sepelio. Los transeúntes ausentaban, la actividad era nula. Pude percibir ciertas siluetas moviéndose entre las sombras, acechándome como fantasmas descarriados. Centinelas. Nunca pregunté a Kaspic de dónde los sacaba, pero cierto era que esos payasos pintarrajeados con motivos tribales y frases ininteligibles hacían su trabajo a la perfección. Sembraban el miedo con sus susurros, y hasta a los murciélagos de las grutas habían apartado.
Suerte de contar con ellos. Anteriormente quienes se encargaban de ese trabajo eran simples aspirantes al rango más mísero, o quizá nadie.
Ellos formaban parte de la restructuración de la nueva Otogakure. La Otogakure de Kaspic. Esa que había lobotomizado a Bakura para convertirlo en un vasallo zombie, dejado a Kaspic con las riendas y formado un pequeño e informal concilio. Raizo, Kaspic y yo conformándolo en un principio, y luego sólo Kaspic y yo, debido a la desaparición del primero.
Una lástima lo de Raizo. Aunque tengo el augurio de que lo volveré a ver. ¿Curioso, no? Yo dejándome guiar por presentimientos vagos e ilógicos, carentes de fundamento alguno. Y cada día más extrovertido. ¿Efecto de Pandora, o tal vez la abstinencia de alucinógenos?
Me juego a lo primero. ¿Por qué? Porque los fantasmas desaparecieron, y esos fantasmas jamás vinieron por culpa de los alucinógenos, sino que fueron remplazados por formas más exóticas al tomarlos a éstos.
Sí, debe ser Pandora.
Aunque eso no importe ahora. Sólo indirectamente.
Porque sin ella no tendría ganas de seguir adelante, y no hubiera hecho eso.
No hubiera tragado la pastilla.
Ni hubiera activado el sello maldito, sabiendo qué ocurriría luego...
Debí esperar pacientemente, hasta que ocurriese.
Primero, las luces de los faroles se volvieron lejanas. Luego se desvanecieron, aunque yo seguía sintiéndolas rozar su calor contra mi piel. Era mi vista, el primer sentido que perdí. Me arrodillé, sucumbiendo ante el temprano dolor que recorrió mi ser. Rápidamente forcé mi estómago, intentando salvar un retazo de éste, y vomité en colores que no me apetecen describir.
El calor era mayor con cada segundo que transcurría. Oí las últimas voces de los sentinelas que, al parecer, ya sabían que yo les había descubierto, y presenciaban el acto por mera curiosidad.
Después perdí el sentido del oído. Seguido a éste, el tacto, y así hasta caer inconciente. Lo último que recuerdo fue el dolor de la marca en mi cuello, que emanaba chackra a cada rincón. Los motivos tribales dirigiéndose a todos lados y... finalmente... el grito que desqubrajó mi garganta y me dejó dormir.
No sé cuándo desperté. Sólo sé que todo parecía darme vueltas, y la idea de realizar la transformación en medio de las calles de Oto no me parecía tan buena idea como en su momento la creí, al estar guiado por impulsos.
Comencé a recobrar los sentidos. Hacía frío, más del que recordaba. El viento estaba helado. Pero yo me mantenía caluroso, como si una manta invisible me recubriera. Estaba en el suelo, de cara a la sucia tierra. Alcé la vista, encontrándome con ellos; los centinelas. Me miraban, curiosos, con esos iris diabólicos que los caracterizaban. Se colocaron las máscaras nuevamente, y se esfumaron.
Me levanté. Escupí tierra y algo más de vómito.
Sentí algo nuevo.
Mi espalda.
En la inmensidad de las tinieblas nocturnas, dos alas se extendieron tras de mí. Inmensas y oscuras. Me incorporé rápidamente; la adrenalina corría a través de mi organismo. El éxtasis era notorio. Me permití una sonrisa torcida, durante no más de dos segundos, y retorné a la clásica indiferencia sombre mis facciones.
El polvo se extendió una vez me alcé. Todo era claro: las alas habían deteriorado mi vestimenta y así sentía correr el viento, pero los motivos tribales que se extendían a lo largo y ancho de mi cuerpo ardían como el mismísimo infierno de Dante en su Divina Comedia.
Luego me arrepentí. Me aferré a ella celosamente, como si fuera mi únca salvación. Y así sigo pensándolo. Si ha de haber un algo que detenga el deterioro de mi alma, esa debe ser Pandora. Mi Pandora.
Es por ella que me arriesgo tanto. Es por ella que intento superar cada límite y dejar por escrito que en mí la debilidad brilla por su ausencia. Que por amor he de ser fuerte, y que de mí los demonios deben apartarse, si saben lo que les conviene.
En ese momento me reí.
—Midorikawa, ¿desde cuando estás tan poético? —me pregunté con retórica, hablando solo como buen loco que soy.
La aldea estaba sumida en su silencio habitual, ese mismo que caracteriza a un sepelio. Los transeúntes ausentaban, la actividad era nula. Pude percibir ciertas siluetas moviéndose entre las sombras, acechándome como fantasmas descarriados. Centinelas. Nunca pregunté a Kaspic de dónde los sacaba, pero cierto era que esos payasos pintarrajeados con motivos tribales y frases ininteligibles hacían su trabajo a la perfección. Sembraban el miedo con sus susurros, y hasta a los murciélagos de las grutas habían apartado.
Suerte de contar con ellos. Anteriormente quienes se encargaban de ese trabajo eran simples aspirantes al rango más mísero, o quizá nadie.
Ellos formaban parte de la restructuración de la nueva Otogakure. La Otogakure de Kaspic. Esa que había lobotomizado a Bakura para convertirlo en un vasallo zombie, dejado a Kaspic con las riendas y formado un pequeño e informal concilio. Raizo, Kaspic y yo conformándolo en un principio, y luego sólo Kaspic y yo, debido a la desaparición del primero.
Una lástima lo de Raizo. Aunque tengo el augurio de que lo volveré a ver. ¿Curioso, no? Yo dejándome guiar por presentimientos vagos e ilógicos, carentes de fundamento alguno. Y cada día más extrovertido. ¿Efecto de Pandora, o tal vez la abstinencia de alucinógenos?
Me juego a lo primero. ¿Por qué? Porque los fantasmas desaparecieron, y esos fantasmas jamás vinieron por culpa de los alucinógenos, sino que fueron remplazados por formas más exóticas al tomarlos a éstos.
Sí, debe ser Pandora.
Aunque eso no importe ahora. Sólo indirectamente.
Porque sin ella no tendría ganas de seguir adelante, y no hubiera hecho eso.
No hubiera tragado la pastilla.
Ni hubiera activado el sello maldito, sabiendo qué ocurriría luego...
Debí esperar pacientemente, hasta que ocurriese.
Primero, las luces de los faroles se volvieron lejanas. Luego se desvanecieron, aunque yo seguía sintiéndolas rozar su calor contra mi piel. Era mi vista, el primer sentido que perdí. Me arrodillé, sucumbiendo ante el temprano dolor que recorrió mi ser. Rápidamente forcé mi estómago, intentando salvar un retazo de éste, y vomité en colores que no me apetecen describir.
El calor era mayor con cada segundo que transcurría. Oí las últimas voces de los sentinelas que, al parecer, ya sabían que yo les había descubierto, y presenciaban el acto por mera curiosidad.
Después perdí el sentido del oído. Seguido a éste, el tacto, y así hasta caer inconciente. Lo último que recuerdo fue el dolor de la marca en mi cuello, que emanaba chackra a cada rincón. Los motivos tribales dirigiéndose a todos lados y... finalmente... el grito que desqubrajó mi garganta y me dejó dormir.
No sé cuándo desperté. Sólo sé que todo parecía darme vueltas, y la idea de realizar la transformación en medio de las calles de Oto no me parecía tan buena idea como en su momento la creí, al estar guiado por impulsos.
Comencé a recobrar los sentidos. Hacía frío, más del que recordaba. El viento estaba helado. Pero yo me mantenía caluroso, como si una manta invisible me recubriera. Estaba en el suelo, de cara a la sucia tierra. Alcé la vista, encontrándome con ellos; los centinelas. Me miraban, curiosos, con esos iris diabólicos que los caracterizaban. Se colocaron las máscaras nuevamente, y se esfumaron.
Me levanté. Escupí tierra y algo más de vómito.
Sentí algo nuevo.
Mi espalda.
En la inmensidad de las tinieblas nocturnas, dos alas se extendieron tras de mí. Inmensas y oscuras. Me incorporé rápidamente; la adrenalina corría a través de mi organismo. El éxtasis era notorio. Me permití una sonrisa torcida, durante no más de dos segundos, y retorné a la clásica indiferencia sombre mis facciones.
El polvo se extendió una vez me alcé. Todo era claro: las alas habían deteriorado mi vestimenta y así sentía correr el viento, pero los motivos tribales que se extendían a lo largo y ancho de mi cuerpo ardían como el mismísimo infierno de Dante en su Divina Comedia.
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